Crítica de "Ithaqua". Weird Western, Folk Horror, Creature Feature y Lovecraft
Por Redacción
Publicado el 08/10/2026
Comenzamos nuestro recorrido de películas de una nueva edición del Festival de Sitges
Weird Western, Folk Horror, Creature Feature y Lovecraft. En la coctelera no falta de nada y, aún así, ya sabemos que elegir bien los ingredientes nunca es suficiente garantía —de ser así, no habría película mala. El secreto está en las proporciones, en saber equilibrarlos y mezclarlos. El que propone Casey Walker, bajo el sello de Hammer, no es mal brebaje, si bien le falta algo de frescura y, sobre todo, de medida. Está más agitado que mezclado. Algo que puede funcionar en los vodkatinis de James Bond —salvo que seas Pierce Brosnan—, pero no tanto en el cine. Lo que no admite discusión es su regusto añejo: la película emerge de un desarrollo infernal de doce años. Solo vio la luz cuando el productor británico John Gore, propietario de Hammer desde 2023, decidió convertirla en la carta de presentación del primer monstruo del estudio en sesenta años. Recordemos que Hammer ya había intentado renacer de sus cenizas diez años atrás, con el éxito de “La mujer de negro”, pero aquel espejismo se disipó tras los malos resultados de “El estigma del mal” y “La cabaña siniestra”.
Gore solo impuso dos condiciones a Walker: más violencia y más presencia del monstruo en pantalla. Podemos constatar que fue generoso con la primera. Respecto a la segunda… sin entrar a valorar qué entiende el cineasta por «más presencia», digamos que veinte segundos de reloj se nos antojan un tanto escasos para un metraje de cien minutos. En este respecto, el peso del drama histórico termina imponiéndose al deseo del productor de introducir un nuevo monstruo icónico en el panteón hammeriano.
Lo que queda claro en Hammer, esté quien esté al volante, es que siempre termina aferrándose a su talismán: el cuento clásico. Porque Ithaqua no es, precisamente, nuevo ni moderno. Hablamos de un ente creado por August Derleth en 1941, dentro de un relato homónimo publicado en la revista “Strange Stories” y reeditado por la que fue su propia editorial, Arkham House. Un relato, yéndonos aún más hacia atrás, inspirado sin disimulo en la popular novelette “El Wendigo”, de Algernon Blackwood, que a su vez ya bebía de leyendas indígenas norteamericanas.
Derleth, íntimo de Lovecraft —y fan confeso—, se apropió del espíritu algonquino para integrarlo en la cosmogonía de los Mitos, donde lo rebautizó como Ithaqua, primo-hermano de Cthulhu, Yog-Sothoth o Shub-Niggurath. En esencia, seguía siendo un Wendigo repintado. Su relevancia creció cuando Derleth lo recuperó, años después, en “La cosa que caminaba en el viento”. Más tarde, y en otras manos, ambos mitos terminaron fusionándose en jerarquías híbridas nacidas al calor de los fanfics y los juegos de rol.
Paradójicamente, pese al título, la película de Walker no se basa en ninguno de los relatos de Derleth, sino que parece inspirarse libremente en el texto de Blackwood. ¿Por qué, entonces, llamarla “Ithaqua” y no “Wendigo”? Fácil: hay más de una docena de películas sobre el Wendigo, desde la homónima de 1987 hasta la reciente “Antlers”, pasando por “Frostbiter”, “The Last Winter” o la mismísima “Cementerio de animales”, de Stephen King. De Ithaqua, ninguna. La retitulación fue cosa del coguionista Peter Scott Vicaire, experto en leyendas Mi"kmaq, en un intento de llenar ese vacío y, de paso, aprovechar el gancho lovecraftiano. El resultado es un pastiche de ambas entidades que, irónicamente, puede que sea la forma más pura —y justa— de concebirlas, dada su simbiosis recurrente en la ficción.
Sea como fuere, y para evitar que todo este prolegómeno despierte falsas expectativas, será mejor adentrarnos ya en la historia. En 1821, los habitantes de Fort Thomas, un puesto canadiense dedicado al comercio de pieles, sucumben a la hambruna y la enfermedad tras un invierno particularmente cruel. Las provisiones se agotan, la paciencia también, y la única salida es enviar al mercenario Cole Franklin, junto al teniente Walker y dos hombres más, a las profundidades del bosque, en un intento desesperado por negociar alimentos con una tribu indígena, pese a las tiranteces que existen entre ambas partes. Una fuerza primordial acecha en la espesura, una criatura temida del folclore indígena que también está hambrienta.
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La fórmula nos es familiar: aislamiento, hostilidad, paranoia, desesperación, tensión, enfrentamiento. Decisiones difíciles, consecuencias terribles. Una historia de violencia y supervivencia en el marco del colonialismo, con la mirada crítica puesta en las relaciones racistas, clasistas y belicistas entre colonos e indígenas, cuyos ecos se cuelan incluso en la personalidad atormentada de su protagonista, Cole Franklin (Luke Hemsworth). Franklin no es típico héroe caucásico estadounidense, sino un hombre roto que busca redención a través del respeto hacia unas minorías maltratadas. Su relación sentimental con una nativa es solo una muestra. El monstruo humano, en este relato, se reparte entre el administrador del fuerte, el odioso McKellar (Michael Pitt), y el teniente Walker (Kevin Durand), que ejerce de grano en el culo de Franklin, pese a acabar tropezando con su propio arco redentor. El fichaje de Durand, además de un acierto —borda la antipatía de su personaje—, tiene la gracia añadida de haber protagonizado “Dark Was the Night”, otra película del Wendigo. El casting, en general, funciona, y se agradece especialmente en una película de personajes en la que prima su evolución física, psicológica y emocional.
Otro gran acierto es la localización. No diré aquello de “el escenario es un personaje más”, pero su relevancia en la narración y en la ambientación es indiscutible. El realismo histórico y el nivel de detalle se lo deben en gran parte, eso sí, al Fort William Historical Park, en Ontario, una recreación turística tan impresionante en la película como fuera de focos y cámaras. Walker degrada su encanto bucólico en una pesadilla gótica con la superposición de tres capas. La primera, la realidad histórica canadiense, que ya establece por sí sola las bases de una angustia incómoda, extirpada de las inquietudes personales del director. La segunda, la perspectiva indígena de la mitología, que aporta una amenaza sobrenatural sólida y respetuosa, sustentada en los conocimientos de Peter Vicaire. La tercera, la colección de tropos genéricos, cortesía del guionista Pascal Trottier (“The Colony”, “Hellions”), responsable —presumiblemente— del despliegue de sangre, vísceras, mutilaciones y horror corporal; dicho esto, se agradece la ausencia de jumpscares: ni le pegan ni los necesita.
Quizá, como decía al principio, los ingredientes sean los adecuados, pero la mezcla no termina de estar a la altura de lo que uno desearía. Hay un exceso de preámbulos para presentar la hambruna, la burocracia nauseabunda y las tensiones internas. Un prólogo cuyo eco se extiende por buena parte del segundo acto, hasta que la trama se desatasca al llegar al campamento indígena y avanza por senderos más jugosos para el horrófilo. Hay películas a las que este enfoque les sienta bien —“Bone Tomahawk” sería un buen ejemplo—, pero de una película de Hammer cabe esperar algo distinto. Algo más suyo. Y no es un rechazo al desarrollo dramático ni a la ambigüedad narrativa, conste. El monstruo podría haberse quedado guapamente como metáfora dentro de un marco de supersticiones y pulsiones oscuras. No habría sido raro ni malo; ahí tenemos casos como “Ravenous”, con la que, por cierto, comparte bastantes lazos. Incluso podría haber limitado la fantasía a las escabechinas de quienes son infectados por el Caminante del Viento, llamados aquí “wendigos”, diferenciándolos así del ente que los convierte en caníbales humanoides —no ululantes— demoníacos. A fin de cuentas, Walker plantea a Ithaqua, entre líneas, como símbolo de la mentalidad colonial: una codicia cuya hambre crece cuanto más se alimenta. Esa idea funciona. Lo que no funciona tan bien es la necesidad de convertir esa metáfora en una criatura visible, por exigencia del productor. El espeluznante ciervo antropomórfico diseñado por Daniel Carrasco aparece tarde y mal, en los mentados veinte segundos finales, acentuando el desequilibrio tonal y dejando un regusto amargo.
Con sus peros —más desajuste de expectativas que defectos reales—, “Ithaqua” es una película de época más que decente y un entretenimiento de calidad para amantes del terror folclórico y los westerns oscuros. Invita a sospechar —porque los tiempos son los que son, no nos engañemos— si será otro tropiezo de Hammer en su nuevo intento de renacer, pero, como ocurrió con “La mujer de negro”, hay que aplaudir el esfuerzo. ¿Sabéis quien no tropieza? Quien no arriesga. Y eso, incluso rentando, es aún peor.
Por Jedediah.
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