"Zona Cero", el nuevo título zombi del realizador de "Train To Busan", ya disponible en plataformas. Crítica de la película
Por Redacción
Publicado el 13/10/2026
El nuevo trabajo de Yeon Sang-ho tras su paso por el Festival de Sitges este fin de semana
Tras su paso por el Festival de Sitges este fin de semana, ya tenéis disponible para alquilar en plataformas como Movistar+ la película Zona Cero, también conocida como "Colony", la nueva película de Yeon Sang-ho, realizador de "Train To Busan".
En un mundo sumido en el caos un grupo de sobrevivientes lucha por encontrar respuestas y salvar lo que queda de su humanidad. Liderados por un antiguo médico marcado por su pasado y una joven con un ingenio sorprendente, los protagonistas se enfrentan a una serie de desafíos que pondrán a prueba no solo su resistencia, sino también su capacidad para confiar en los demás.
Mientras recorren un entorno hostil donde cada rincón oculta un nuevo peligro, descubren pistas que los acercan a la verdad sobre la misteriosa amenaza que ha cambiado sus vidas para siempre. Una trama cargada de tensión y giros inesperados que explora la fortaleza humana en medio de la adversidad y mantiene al espectador inmerso en cada momento.
CRÍTICA DE "ZONA CERO"
Había hambre de un nuevo bombazo de terror firmado por el director de “Train to Busan” y su secuela, “Península”. La onda expansiva fue tal que Yeon Sang-ho decidió apartarse un tiempo del género para no quedar atrapado en él, quitándose el mono en televisión con episodios sueltos de “Hellbound” y “Parasyte: The Grey” —esta última, por cierto, muy recomendable si os interesa el material original.
Había ganas, sí, pero también dudas. Ese temor al encasillamiento que el coreano trataba de esquivar parecía resonar, como en una mente colmena, entre los propios aficionados. No tanto por el terror —inagotable e inabarcable— como por la sensación de que Yeon Sang-ho se adentraba cada vez más en ese callejón estrecho que es el cine de infectados, con el riesgo de quedarse allí atrapado. La trilogía formada por “Train to Busan”, “Península” y “Seoul Station” tiene un pase porque funciona como un todo, pero que con “Colony” volviera a la casilla de salida hizo saltar algunas alarmas. Por suerte, falsas alarmas.
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“Colony” es más interesante de lo que aparenta, aunque también bastante irregular. Supone un regreso al territorio zombi entre muchas comillas, y precisamente ahí, en el principal recelo que podía hacerla caer en comparaciones odiosas, es donde consigue desmarcarse, más que en la construcción de personajes o de atmósferas. La propia película pone sus cartas sobre la mesa desde el primer minuto en lo que respecta al giro conceptual que propone.
Basta una breve sinopsis para entender por dónde van los tiros, sin caer en spoilers. Kang Woo-chul, CEO de la corporación biotecnológica Chains Bio, reúne a científicos y personalidades de la alta sociedad en una sala de conferencias del rascacielos Doongwoori, un centro comercial de Seúl, para presentar su invento revolucionario: semiconductores orgánicos basados en el moho Physarum polycephalum que, aplicados al ser humano, podrían reparar nervios dañados y permitir la transmisión instantánea de información entre individuos. Tras la conferencia, la liberación deliberada del virus —mitad ataque terrorista, mitad rencilla personal— desencadena un brote que obliga a las autoridades a sellar el edificio. Mientras los supervivientes buscan una salida, los infectados comienzan a transformarse de formas cada vez más imprevisibles, una amenaza que parece estar en constante evolución.
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Aquí los infectados no son la típica horda de rabiosos-barra-resucitados, sino un organismo colectivo capaz de aprender y evolucionar al compartir información de forma instantánea entre todos sus miembros. No actúan como individuos, sino como una colonia que asimila estímulos, corrige errores y adapta su comportamiento en tiempo real, lo que convierte cada encontronazo en un escenario cambiante y cada vez más peligroso. La idea de la colonia es, sin duda, la mejor baza de la película, por el juego que ofrece; refrescante en su planteamiento y resultona en pantalla. No es algo que no se haya explorado en producciones anteriores, pero, dentro de ese reducido grupo, el enfoque de Yeon Sang-ho consigue que sea única.
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Por lo general, la ficción suele recurrir al comodín alienígena para presentar al villano como una mente colmena, y ahí tenemos ejemplos tan disfrutables como “La invasión de los ladrones de cuerpos”, “Slither”, “Alguien mueve los hilos” o “The Faculty”, entre otras. Encontramos un caso más pintoresco —no podía esperarse menos de Stephen King— en los «chiflados electrónicos» de “Cell”, donde las señales de los teléfonos móviles conectan mentalmente a la humanidad en una masa deshumanizada. Es precisamente esa crítica a la sociedad hiperconectada, que el genio del Maine nos tira a la cara sin paños calientes, la que hace girar los engranajes de “Colony”, esta vez con un algoritmo biológico bajo el tropo del «mad doctor». No quita que la industria farmacéutica también se lleve algún sopapo de regalo. La puesta en escena de la colonia funciona de maravilla; las coreografías de ataques coordinados, las convulsiones compartidas y su brusca forma de comunicación nos regalan imágenes turbadoras o, cuando menos, distintas de las que solemos ver en el cine de zombis.
El problema de “Colony” es que el guion no siempre está a la altura de sus buenas ideas. Del mismo modo que cuesta ponerle pegas a los infectados, los humanos están bastante menos trabajados. La científica Se-jeong, su exmarido, el vigilante y su hermana discapacitada tienen sus momentos de gloria —y de drama; no faltan los conflictos internos—, pero la mayoría solo funciona como piezas que están ahí para que avance la película. El propio villano resulta un pelín caricato. Y aquí es donde aparece la temida comparación odiosa, justo donde menos se esperaba. En “Train to Busan”, el apocalipsis zombi era prácticamente una excusa para hablar de la gente: egoísmo, sacrificio, familia, miedo, solidaridad. Los personajes evolucionaban al ritmo de la situación. En “Colony” no faltan estos discursos —individualismo, capitalismo, tecnología, control social, polarización, efecto de arrastre— pero quedan en un mero picoteo de ideas sin profundidad.
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También tropieza con sus propias reglas. De primeras, la intriga y la originalidad de la propuesta invitan a interesarse por cómo funcionan los infectados: la película establece unas normas y nosotros intentamos comprenderlas junto a los protagonistas. Sin embargo, conforme avanza, algunas de estas reglas son reajustadas por conveniencia del guion para forzar determinadas situaciones, y estos lapsos en la lógica interna pueden debilitar la implicación del espectador.
Afortunadamente, cuando el guion flaquea, el espectáculo acude al rescate. Yeon Sang-ho es un maestro de la acción en espacios cerrados, aprovecha las particularidades de cada escenario para coreografiar secuencias de tensión y horror que transmiten al público la energía necesaria para reconectar. La fuerza conceptual y visual de “Colony” compensa en buena medida su déficit emocional. Y, tratándose de una película de este palo, la balanza termina inclinándose a su favor.
Por Jedediah.
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