Crítica de "Motherwitch", una variación pausada, atmosférica, austera y sombría de “Cementerio de animales”
Por Redacción
Publicado el 13/10/2026
El Folk Horror que hemos podido ver dentro del marco de Festival de Sitges
Hay una ironía entrañable en el giro meta que ha tomado el Folk Horror de segunda ola: aquel tanteo inicial de “Kill List” en 2011 desembocó, apenas cuatro años después, en una oleada de títulos que respondieron de maravilla, tanto a nivel de crítica como de taquilla, véanse “La bruja”, “Midsommar”, “El ritual” o “El apóstol”, por citar solo unos pocos. Visto en retrospectiva, impresiona la constancia, consistencia y consonancia del fenómeno, cuyo eco resiste a apagarse del todo, pese al inevitable desgaste. Modas son modas, en la salud y en la enfermedad. Tiene gracia, repito, porque hablamos de un subgénero versado precisamente en tradiciones que echan raíces en el mundo moderno y se niegan a morir. El paralelismo es incontestable.
Con todo, el Folk Horror ha mutado. Su aparente inmovilismo es engañoso, y aquella plantilla de tics artístico-narrativos que contribuyó a dar forma al polémico “terror elevado” se ha ido diluyendo en favor de estilemas menos esteticistas, artificiosos y relamidos. En su lugar, asoma una voluntad de regresar a la esencia más cruda y genuina de la temática, a la oscuridad codificada en las leyendas, la superstición y el costumbrismo de folclores poco transitados; rituales menos coreografiados, escenografías menos sofisticadas. Y, sobre todo, una naturalidad áspera, bruta y sin filtros, que mira hacia épocas remotas sin permitir que la modernidad contamine el encuadre. Películas como “No estarás sola”, “Hagazussa”, “November”, “Cuerpo abierto”, “El baño del diablo”, “Los condenados”, “The Golem” o “Gaua”, han moldeado el Folk Horror —comodín durante años para cualquier relato sobre paganismo— en algo más hermético y reservado. Casi una antítesis: ya no se trata de que lo ancestral irrumpa en el presente, sino de impedir que el presente irrumpa en lo ancestral. Son visiones de un paganismo cercano, casi doméstico —que no domesticado—, que abren ventanas a marcos históricos, si bien lejanos, lo bastante próximos como para ofrecer lecciones extrapolables a nuestros días.
En esta línea se inscribe “Motherwitch” (Dodecameron), de Minos Papas, que explota con inteligencia la tradición chipriota, un filón apenas rozado por el terror y perteneciente, además, a una cultura poco representada en el panorama internacional. Ambientada en el Chipre de finales del XIX, la historia sigue a Eleni (Margarita Zachariou), una pintora que pierde a sus tres hijos en un accidente. Aislada por la comunidad, que la culpa de la tragedia, y por su propia incapacidad para pasar página, decide afrontar el duelo con una mezcla de artes plásticas y otras de índole más oscura, buscando la forma de devolverlos a la vida. El ritual, asistido por la ingenuidad de un niño demasiado confiado, funciona a medias: las personitas que convoca no son sus hijos, sino unas criaturas antinaturales arrancadas del mundo antiguo.
La película se rodó íntegramente en exteriores, en el pueblo abandonado de Parsada, un asentamiento de piedra del siglo XV cuya aspereza, desgaste y antigüedad impregnan cada plano. Un decorado atrezado no por la mano del hombre, sino por siglos de historia. La inmersión es total y, por consiguiente, también la abstracción.
El guion, firmado por Papas, Nikolas Kouroumtzis y Evripidis Dikaios, aborda temas como la maternidad, la pérdida, el aislamiento, la redención y el arte como catarsis. Papas, chipriota de corazón pese a haber nacido en Londres, aprovecha el contexto histórico —el dominio británico sobre la isla, instaurado en 1878— para exponer la convivencia tensa entre cristianismo y paganismo, amén de otras fricciones propias de la colonización, como la obediencia, la represión y la transformación cultural.
Destaca la fotografía de Jack McDonald, que exprime el encanto mediterráneo, la arquitectura prosaica del pueblo y sus espacios agrestes. Una estética alejada de la frialdad a la que nos tiene acostumbrados el Folk británico y el escandinavo. Aquí el terror no crece a la sombra de bosques húmedos, sino en tierras rocosas castigadas por el sol, que al caer la noche se vuelven aún más irrespirables.
El realismo cala en cada estrato de la película: localizaciones, vestuario, maquillaje, incluso el dialecto, que recupera palabras y expresiones perdidas con el cambio de siglo. A pesar de que esto último, sobra decir, a nosotros ni nos va ni nos viene, contribuye a reforzar esa sensación de estar mirando por un agujero un lugar detenido en el tiempo.
Más cercana a un cuento de hadas retorcido que a cualquier derivación de “The Wicker Man”, “Motherwitch” nos regala además la primera representación cinematográfica de los kallikantzaroi, duendes malignos del folclore del sureste europeo. Solo por eso, su visionado ya merece la pena. Para ponernos en situación, hablamos de criaturas nocturnas, mitad humanas y mitad animales, que según las leyendas salían a la superficie en Navidad para sembrar el caos. En la película, Eleni los invoca por error en una escena inquietante, rodada con una sencillez —que no simpleza— sorprendentemente eficaz y una puesta en escena poco convencional. No serán los únicos seres demoníacos con los que deberá lidiar para enmendar su desliz.
“Motherwitch” apunta a un público concreto, no nos engañemos, aunque tiende la mano a cualquier amante del terror que busque alejarse de fórmulas trilladas, al menos por unas horas. Y no me refiero únicamente a las fórmulas comerciales, sino también a ciertos lugares comunes ya enquistados en el circuito indie. Estamos ante una variación pausada, atmosférica, austera y sombría de “Cementerio de animales”, cuyo hábitat natural parece ser el salón de casa o, en su defecto, los festivales de género, más que unos multicines. Aprovechad si podéis.
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